viernes, 29 de agosto de 2014

Ayer llevé a hijo mayor al cine. Los dos solos como en la época de Harry Potter. Hubo años (no muchos) en los que la pasamos bien. Si uno tan solo pudiera trascender... Estoy en la oficina. Me siento en la sala de juntas que es chica y no tiene ventanas. Así evito la convivencia y el frío: gano. Tomo café y tengo hambre. Desayuné temprano y fui directo a la escuela porque tenía reunión de padres. A la del salón de hija me olvidé de ir. Pobre, un desastre. Como es el último año de primaria un poco me acongojé y casi casi derramo alguna lagrimita. Pero me contuve. Después, la maestra de español nos dio una carta que nos hicieron los chicos, demoledora. Lo capaces que somos los padres de arruinarle la vida a los hijos siempre me espantó. Uno de los motivos por los cuales no quería reproducirme hasta los 22. Real. Cuánta responsabilidad.

Tengo que seguir trabajando. Hoy vienen muchos niños a mi casa. Y dos amigas mías. La casa llena es una de las formas de la felicidad. Como el olor a pastelería. O a pasto recién cortado.

Así de básica soy.

Así volvieron las cosas.

lunes, 25 de agosto de 2014

Podría decir que mi actividad principal de los últimos meses es llorar. Y no mentiría. Llorar y mirar series de mierda. Porque la cabeza no me da para más. La violencia flota en el ambiente, todos contra todos. Es lo que más tristeza me da de mi vida entera. Alteración, turbulencias, perturbación. Todo. Todo el tiempo. Y ahora, encima, la sensación de que el mundo se derrumba. Una vez más. El sentimiento renace y crece a pesar de que durante mucho tiempo estuve convencida de que lo había enterrado. Tan inocentes y crédulos que somos los humanos.

A la mañana hace frío. Ahora está más templado. Espero que los mayores terminen la tarea para que salgamos todos al parque. Es un esfuerzo enorme para mí. Solo quiero ver los últimos capítulos de Gossip Girl. No quiero hablar con nadie. No quiero ocuparme de nadie. No quiero existir.

Y sin embargo. 

jueves, 14 de agosto de 2014

¿Qué fue lo peor que hiciste? ¿Quién te hirió, a quién heriste? ¿Quién te traicionó, a quién traicionaste? ¿Qué pasa y qué queda? ¿Quién sos? ¿Qué querés? ¿Qué es esperás? ¿Qué es la adultez? ¿Qué es vivir? ¿Qué es lo peor que hiciste?

Pasó el verano como pasa lo que no importa. Lo que no tiene entidad. Pasa porque el calor no existe, porque las turbulencias se extienden, porque tu cabeza no para. Porque el tiempo no para. Pasa, pasa, pasa. Todo pasa. Lo bueno, lo malo, lo negro, lo grisáceo.

Los duraznos se maduran, lentamente, en el árbol. Los limones también. El paso crece. Los chicos se pelean, se aburren, se hastían como vos, como yo, como todos. El maremoto es contagioso. Juntos y mezlcados more than ever. Sin saberlo, sin quererlo, sin buscarlo.

Caer burdamente, como la quinceañera que fuiste. Ya ni saber qué extrañás. La nostalgia como motor pasó de moda. Fuiste, sos, serás: es imparable. Irreversible.


lunes, 12 de mayo de 2014

Durante años pensé que había domesticado al miedo. Tal vez trascendido. O mejor, durante un tiempo -no tan largo- me engañé, alegre, creyendo que lo que había perdido era ese sinsentido primigenio, tan arraigado desde los once años, tan poco sutil que da vergüenza. Puede que miedo y sinsentido vayan de la mano, no lo sé. Aunque arriesgaría que no. Que tal vez sean solidarios pero no necesariamente.

Soy una loquita. Ayer me di cuenta. Como una epifanía tardía, infantil pero lúcida, lo dije así: soy una loquita. Y lo peor: sin talento. Porque hay grados de locura tolerables porque los acompañan dosis de genialidad. Brillantez. No es el caso.

Un desasosiego intermitente. El miedo. La cobardía concomitante.

La única certeza: la quietud. Como gran defecto también.

Replegarse. Volver. Pensar. La abstracción como una condena. El ¿para qué? tan remanido y vigente a la vez.

La angustia.

Completo con el quinto de Mad Men de la séptima temporada.

Así las cosas.

martes, 29 de abril de 2014

Camilo cumplió 5 ayer.

Me pegó rarísimo porque es mi bebé y ya es un pibe grande y qué onda con la vida que pasa tan rápido. Por suerte D está operado porque veo bebitos y digo "qué divinos". Tremendo.

Porque los hijos son vida. Renuevan la esperanza. Y yo, aunque soy más feliz, menos angustiada y tengo la ansiedad limada, no dejo de vivir en la turbulencia constante.

Ojalá supiera dibujar. Pero en las clases de dibujo del colegio era la peor. Todas tenían 10 y yo 7. Podría decirse que soy una persona sin absolutamente ningún talento. Qué notorio.

Acá mucho malhumor. No en lo particular sino en lo general.

A mí me sobran kilos pero no sé cuántos porque no me peso. Hago aeróbico un mínimo de 3 veces por semana y yoga 2. Eso me hace feliz.

Hijos mayores pegan figuritas del mundial. En el piso de la sala de tele. Se llevan bien, no se pelean, un milagro. Me enamoran.

Me pica la cabeza. Y eso que hoy fui a una clínica a que me despiojaran. La vida es muy difícil, tal y como ratificó mi analista cuasi octogenario (aka el oráculo).

Tengo hambre de algo dulce.

En fin.

Así las cosas.

lunes, 14 de abril de 2014

Es lunes, el aire está cálido, entra sol por las persianas, los chicos miran una peli, yo estoy con la computadora en la cama. Algo parecido a la felicidad. Si no me sobraran todos estos kilos tal vez sería felicidad completa. O no.

Pasan las semanas y acumulo ganas de escribir. Pero ¿para qué? ¿qué digo? Y ahí el problema: es más fácil quejarse que ser feliz a los fines de la escritura. Recuerdo lo miserable que fui durante años y parece otra vida, de otra persona. Ahora, por más triste que esté, sé que es un momento, que pasa, que no vuelve. Que a pesar de ser malo hay que disfrutarlo, que inclina la balanza.

Estoy desconectada de Buenos Aires. Es difícil (o imposible) estar en dos lugares al mismo tiempo. O tenés una vida en uno de los dos o tenés vida en ninguno. Y yo quiero tener toda la vida, comerme la vida. La conciencia de la finitud en su máxima expresión. Disfruto de mis hijos, templé el carácter, limé la ansiedad. De a poco, tal vez logre un equilibrio. A mi manera, claro. Uno no deja de ser uno nunca. Por suerte. Porque eso que queda, a pesar de lo que cambia, es el yo. Lo permanente. Que suele ser inefable. Como todo lo que importa.

Es muy poco, entonces, lo que tengo para decir. Mis días son parecidos unos a los otros. Mi marido sigue siendo mi marido. Simón se fue de viaje a Canadá. Es grande. No me extraña. Yo sí. A veces quisiera otro bebé. No es un pensamiento realista, es una fantasía. Quedan pocos años para poder reproducirse y aunque ya hice el duelo, a veces quiero otro bebito. Porque los hijos son vida. Sí, sueno a Patria, Familia y Propiedad. No me importa. Que se te ablande el corazón no te hace menos inteligente.

Voy a vestirme para ir al club. Tengo tremendos problemas de espalda hace semanas. El dolor no mengua. Pero no me vencerá.

Me voy a autocitar: así las cosas.

jueves, 6 de marzo de 2014

¿Me copiás? Hola, hola. Acá estoy, retomando este hábito arcaico, demodé, inútil.

¿Quién lee todavía? Yo me aburro en los primeros párrafos de casi todas las notas. Y eso que creo que aún pertenezco a un sector que tiene cierta paciencia. Cierta. Corta. Poca. Restringida. Pero aún existente.

Es culpa de tuiter.

O de todo.

De todos.

Mi vida está en la bajada de la montaña rusa. Caída libre. Aburrida y turbulenta. He sido más feliz. En algún momento. Creo.

Vivir en México ya no da hace demasiado. Y nada parecería ir a cambiar próximamente. Acabo de volver de cinco días tranquilos en Buenos Aires, esa ciudad maldita y hermosa por igual. El ciruelo se pela, se llena de flores, después de hojas, después de frutos y vuelta a pelarse. Es el paso del tiempo tan implacable.

jueves, 21 de noviembre de 2013

¿Cómo puede ser que nos hayamos acostumbrado a aberraciones tales como que mastodontes metálicos nos lleven por encima de las nubes o que pequeños artefactos eternicen nuestra imagen digital o analógicamente y tantas otras cosas? ¿Cómo somos capaces de naturalizar lo que es contra natura y desnaturalizar, por ejemplo, la poligamia y la violencia, entre muchas otras características intrínsecas al humano como mamífero? Presumo que es la cultura, el estar atravesados por algo que ya no podemos siquiera discernir. En lo personal muchas veces me siento bastante cerca de la mujer de la caverna, que espera ansiosa al macho que viene de cazar, con el fuego prendido y los niños alrededor. Podría molestarme pero no. Ya no.

Los aviones suelen serme indiferentes, solo un medio incómodo al que llegar a destino. Si viajara en primera tal vez me sería más placentero pero no es el caso. Lo que sí adquirí es un poco de miedo en las turbulencias. Por algún motivo que desconozco, los aviones a los que me subo últimamente se mueven más de lo que me gustaría. Leí completa la Gatopardo en papel, cosa que no hago jamás, ojeé un diario y hablé con mi marido. Pasó rápido.

Las Vegas es un verdadero lugar de mentira. Anclado en el medio del desierto, construida ex profeso para que los adultos tuvieran una ciudad entera para recrearse sin culpa, cumple su propósito a rajatable.   El Excalibur, por ejemplo, es como un castillo medieval para chicos, el Luxor es una pirámide egipcia, el Venetia tiene canales y así. El Disney de los grandes.

El Mandalay Bay es, como todos, un hotel casino.Los ascensores están en el medio de la noche eterna, rodeados de una luz rojiza, ruido y música y gente atrapada frente a maquinitas que solo le va a generar problemas. Chupan, fuman, se olvidan del tiempo y el tiempo se olvida de ellos. El mito de que lanzan oxígeno tiene que ser cierto: en Las Vegas te sentís más despierto que nunca sin necesidad de consumir ninguna droga dura.

Hice la cola para el check in mientras D buscaba las entradas para la cena y la premiación de hoy a la noche. El hotel es enorme y tiene adosado otro hotel que, muy redundantemente, se llama The Hotel. Ahí, al menos, el lobby no se fusiona con el casino. Nos tocó el piso 31 y para poder acceder a los ascensores tenés que mostrar tu "llave", ahora una tarjeta que tenés que mantener lejos del celular y las tarjetas de crédito para que no se desmagnetice. Las habitaciones son todas iguales, cómodas y de bastante buen gusto para la locación. Dejamos el equipaje, usamos un rato nuestras computadoras y salimos hacia un shopping. Estados Unidos de América te empuja a consumir, tengas o no la tendencia. Es un efecto que solo se da acá. Compramos lo que pudimos porque el consumo es ajeno a nuestra naturaleza, comimos unas ensaladas horribles ahí mismo y volvimos para producirnos porque a las siete teníamos que estar en el cocktail precena.

Todos los años, los Grammy Latinos eligen a Person of the year. Hace dos años vinimos y era Shakira, este año Miguel Bosé: diversos artistas latinos hacen versiones de las canciones del homenajeado. Retoqué las uñas de los pies, me puse el vestido largo animal print, me maquillé y salimos. Por suerte fue todo rápido y leve. Después de que atravesáramos la cola de las acreditaciones, una de las organización me confundió con la Mala Rodriguez. Cuando le dije que no se disculpó cincuenta veces, muy gringo style. Hubiera querido decirle que su error me causaba mucha ternura pero no lo hice.

Ya en el cocktail no sufrí: mi outfit estaba muy a tono, encontramos grupito de pertenencia, tomé unos tragos del gin tonic que la bartender preparó con cariño nulo y, sin que me diera cuenta, subieron los telones para que entráramos al salón. Nuestra mesa, la once, estaba en la misma fila que la de Miguel pero en una punta. En el 2011 estábamos atrás de todo así que esto fue un verdadero upgrade. Cuando llegamos ya estaban sentados dos señores. Uno nominado (se identifican porque llevan su medalla colgando, todos muy orgullosos) y su padre. D les habló un poco mientras yo, haciéndole honor a la época, me sumergía en mi teléfono. Cuando él se levantó para saludar gente, yo comí muchos panes y escapé a fumar. Un mesero, muy amable, me dijo en secreto que pasara por la cocina y preguntara por la terraza para los empleados. Así hice. Todos fueron muy simpáticos.

El primer plato era un ceviche extraño, el segundo un lomo, y el postre constaba de tres cosas distintas que casi no perdoné. La gente bien no come tanto. Yo sí. Entretanto se sentó al lado mío un gringo pelado con una barba canosa larga a quien me disponía a ignorar también pero insistió con una simpatía inusitada en saber quién éramos y qué hacíamos. De lo más simpático, era manager del señor que venía con él, un cantante de latin jazz al parecer bastante conocido. Charlamos hasta que empezó el show. Los artistas latinos suelen despertarme interés nulo excepto pero conozco a muchos por cuestiones laborales de mi cónyuge. El highlight de ayer fue sin duda Ricky Martin, cantando Bambú con una onda que se caíga, carisma y buena onda. Le amé. Después divertido pero nada para destacar, excepto las dos canciones que cantó el propio Miguel Bosé al final, una reina.

La noche siguió un rato más, con ropa más cómoda e informal, en el Hard Rock viendo un show que se llama The producer. Saliendo del hotel ya no hay oxígeno y después de veintidós horas ininterrumpidas de actividad, el cansancio se nos cayó encima como un yunque.

Tengo que vestirme ya mismo porque la ceremonia de premiación de la categoría de D es a la una y media. La ceremonia televisada parece que empieza a las cinco. Volver a ponerme tacos de por sí me parece mala idea, con este clima lluvioso y de neblina todo empeora. Pero no hay opción: a volver a producirse y salir a la cancha. Al fin y al cabo es solo una vez al año.


miércoles, 20 de noviembre de 2013

Los viajes empiezan cuando salís de tu casa. Ni antes ni después. Cuando viajás poco o sos chico, la emoción de dejar tu hogar y empezar el trayecto te toma la panza. Cuando viajás más o menos seguido, el ritual de todo lo que implique avión te parece una pesadilla. Acá estoy, en el lounge de Aeroméxico que es levemente mejor que el de Amex aunque la comida deja muchísimo que desear: solo granola, unos panes dulces, fruta, yogur, jugo, café y tés. Eso sí: cervezas de todo tipo y gaseosas bien frías. También vino. El paraíso de un alcohólico.

Son las ocho y cuarto de la mañana. Salí sin bañarme porque el pelo mojado tan temprano es un peligro. En este momento D medita en el sillón de enfrente mío. Acabo de terminar el último trago de mi segundo café con leche. Ahora hay más gente. Como no son vacaciones no hay niños, el flagelo de cualquier viajero. En general me cruzo con hombres que viajan por trabajo. Sobre todo si es domingo a la tarde: casi todos. Los ves con sus computadoras o leyendo el diario, hablando con las esposas, mirando alrededor sin mirar. Cuando estoy sola los observo, armo historias. El Platino de Amex de Buenos Aires es ideal para eso porque es chico, apretado y con luz natural. De todas maneras parece que lo están refaccionando. En este, grande, sin ventanas y con luces tirando al amarillo, la disposición no ayuda. Además, estoy con D que, aunque no me hable, está y no es lo mismo.

Viajar solo de toda soledad es otra historia. Es como un desafío. Lo hago un par de veces al año y lo disfruto enormemente. La vuelta de este viaje será sola porque D se va directo a Río. Siempre fui la que elegía el asiento sola en los viajes familiares, la que se ponía el walkman o discman según la época, la que prefiere no hablar aunque parezca lo contrario. Cuando subo al avión me abstraigo. Duermo o escucho música y nada me importa. Ni siquiera miro al que tengo al lado.

El vuelo sale a las nueve y media. En unos minutos vamos a tener que ir yendo. Jamás entro a un freeshop, no entiendo bien qué compra la gente ahí porque no consumo ni perfumes ni maquillajes y llevar bolsas sueltas en el avión me deprime. De todas maneras, mi carry on es lo más ridículo y decadente que hay en el mercado. Debo deprimir a más de uno.

En fin.
Las Vegas, allá vamos.


sábado, 26 de octubre de 2013

Desayunamos copiosamente. Escuchamos el nuevo de Arcade Fire. Estamos los cinco + el kinder. El ruido un poco me altera. Otro poco me da vida. A veces siento que todo esto es contrario a mi naturaleza. Otras sé que me salvó de la locura. De caerme del tren. Para siempre. Pero quién sabe.

Hace frío, D está por cortarle el pelo a los varones afuera, con la maquinita. Nunca quedan del todo bien. Tampoco del todo mal. Sábado de fiaca. Sigo en pijama aunque ya son más de las 12.15pm.

Soy el epítome de la madre suburbana. Y ya no me importa. El suburbio es un no lugar, carece de personalidad, no tiene magia ni densidad. En Buenos Aires me muevo como una extranjera (provinciana) y en el DF tampoco soy local. Ser de ningún lado. Ser de mi casa (hermosa, acogedora). Ser siendo. Ser en el puro presente, ojalá.

El amor es tan volátil, múltiple, soberano.

El sexo es tan central, necesario, primigenio.

Todas construcciones. Qué importa.

En mi cabeza todos los yo. Todos los vos. Y los retazos que arman una historia. Nunca sabés si una más entre todas o una central.

El corte de Arcade Fire me gusta. Aunque es ruidoso. Quisiera escribir historias de alguien más. Centrarme en los detalles. Pero yo veo la vida blureada.

Ni modo.

miércoles, 23 de octubre de 2013

El frío me tomó de sorpresa. Más que el regreso de la lluvia. La temperatura baja más la el gris huracán convierten al día en una cuesta empinadísima. En el sillón de mi estudio, helado, fotos de los chicos cuando eran bebés desperdigadas, salidas de una caja deforme. Las veo, sorprendida, y las ganas de hacer rewind me invaden con la misma fuerza con la que el amor te coopta la panza, con ese dolor tan joven, punzante, acogedor. Sufriente. Porque lo que pasa no vuelve. Esa verdad de perogrullo que olvidamos para sobrevivir.

Salí temprano, después fui por tercera vez a un supermercado en tres días. Perdí el boleto del estacionamiento y lograr sacar el coche fue una odisea indeseable. Como todas las odiseas. Y la nostalgia en todos lados. Y aunque sé que es un poco el frío también es un poco la soledad -D está en la ciudad pero su presencia sabemos cuán escasa es, siempre-, otro poco que se acerca mi cumpleaños, otro poco la vida. Que es así para alguien como yo. Con lo mucho/poco que eso significa.

Escribo con una campera puesta, gruesa y gris como el día, en este estudio desangelado. Escucho canciones tristes: como debe ser. Con ganas de mimos húmedos. Con ganas de ser hija. De un montón de cosas que acá quedan.

Hola blog: seguís teniendo tu encanto. Ojalá no te lea nadie.

martes, 22 de octubre de 2013

Soy como uno de esos caballitos de mar transparentes que se compran en la Costa Atlántica y cambian con el clima. Nunca tuve. En Pinamar puede que no hubiera. Llueve. Mucho. Hace rato. Sabía que iba a caer pero no tan rápido. Mind the gap. La felicidad, esa distancia entre las expectativas y la realidad, hoy parece esquiva. ¿Por qué? No sé. D que está nervioso y con poca onda. A un millón de años luz de forma permanente. Prefiero ni pensar. Entristece.

El día se divide en pequeños bloques entre una actividad y otra. Rinden todos y ninguno. Extraño la era en la que todo me parecía posible. Aunque era todavía más angustiada que ahora. Qué desperdicio. Esos años en los que todo tiene que estar bueno... yo sufriendo. Y bla bla bla.

Todo pasa. Siempre. Lo repito como un mantra. A veces. Porque es sabio.

lunes, 21 de octubre de 2013

¿Y este entusiasmo blogueril? Medio cualquier. Medio que está bien. Aunque los tópicos se repiten porque uno es uno, uno uno uno, siempre el mismo, siempre distinto, siempre igual.

Caigo. Desperté 6.20am, despaché pibes, volví a la cama, garché, me vestí, desayuné, hice 55 de aeróbico, sauna, baño, Polanco para junta, pasé por la oficina, hice salmón a la parrilla para kinder, D y yo, pasé a buscar a Milo, lo llevé a natación, lo dejé, recogí a Coco, lo llevé a tenis, fui a Costco, acabo de volver, lo busco a Coco, lo dejo acá y me voy a la Roma al taller. El sueño que me da escribirlo no tiene nombre. 

La falta de encanto de mi vida es total. Pero supongo que como todas las vidas. Mañana tendré que trabajar bastante, me dan pocas ganas. Quisiera hacer la plancha hasta enero. Encima: el clima. Un huracán arruina el sol. A pesar de esta contentez endémica, mi espíritu nunca tiene resto para la grisura. ¿Quién lo tiene? Aquellos afortunados a los cuales el clima no los afecta: dichosos ellos. A mí sí. Mucho. Me condiciona y/o me determina. 

Me voy. 

¿Cuánto durará?

domingo, 20 de octubre de 2013

¿Se puede escribir la felicidad? Es domingo, el sol puja por salir. Retazos de luz que atraviesan las nubes a duras penas. Que no llueva. Milo habla al lado mío, suena Ms Mr en el ambiente, marido toma mate cocido y comenta noticias. La felicidad tal vez sea tan inefable como el tiempo. Leo columnas y ya no me producen esa emoción que producían hace años. Las cosas cambiaron. Mucho. La felicidad tal vez no pueda ser dicha pero sí vivida. Atrapada. Eso siento: un escenario de posibilidad. Tal vez sea el haber nadado en las aguas más profundas y oscuras. Es sabido que por lo general lo que viene es mejor. Y pendulamos. Y somos un clishé repetido al infinito. La originalidad murió junto con dios, el rock, la juventud. La inocencia.
Las escenas se reproducen siempre idénticas, siempre distintas. Es preferible dejarlo en el aire. Bajarlo a la tierra produce esta pátina de melancolía que prefería evitar. Al final y al cabo es domingo. Un domingo del día de la madre en Argentina. Una fecha que ya ni siquiera me entristece. Acepto todo con una alegría inusitada. Hoy, parece, ya no soy yo.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Crónica de unas vacaciones familiares, día 1

Perdí la práctica pero lo voy a intentar. Se siente bien. Estamos en el lounge de Aeroméxico, la mesa tiene restos de nuestro desayuno: tazas sucias, jugos a medio tomar, envases de yogures. Hace unas semanas que casi no como y, sin embargo, tomé un café con leche y comí fruta con yogur. Los chicos están excitados, sobre todo Milo. Bajé dos capítulos de Breaking Bad, renté el coche, miré la locación de unas tiendas. D me dice que tiene que trabajar. Lo mismo de siempre: las cosas no cambian, eso hay que entenderlo, grabarlo a fuego, dejar de luchar. Miami es memoria. Es 2001. Es 2003. Es 2010. Es la ciudad en la que más estuve después de Buenos Aires y México. Increíble. Una ciudad sin nada, chata, llovida, tan Truman Show que da miedo. Pero el destino nos trae una y otra vez. Escapando de eso sacamos los pasajes a NY y nos escapamos tres días. No sé si NY con kids es buena idea, lo descubriremos sobre la marcha.

Llevo la compu porque tengo que trabajar. Algo que debería estar haciendo en este momento. Pero no. Necesito estas vacaciones de una forma que ni puedo explicar. Aunque vacaciones con hijos: BUEH. Pero cambiar el aire, estar cerca del mar, pasear. Copado.

Milo habla sin parar. El silencio es un bien escaso. Como el amor.

Pareciera que perdí el swing de verdad.

Hace días en la cabeza: "lo malo de los besos es que crean adicción". El amor, esa forma de ver el mundo, ese derrape, ese error.

A las 5.30am vino Sebastián a buscarnos en la van. La cruz colgando del espejito retrovisor me semi descompuso. ¿Qué puedo decir? Nada. No todo está bajo mi éjida. Bah, ahora ya casi nada está bajo mi éjida. Los chicos. Tuvimos que esperar a D, un clásico. Pero vinimos por el Viaducto y llegamos rápido. La señorita del counter se mareó con la cantidad de pasaportes y nacionalidades y visas y terminó quedándose con el pasaporte argentino de hijo mayor y su residencia mexicana. El pobre es el único que no está naturalizado. Casi me desmayo. Pero D volvió y lo recuperó. En ningún otro país debe pasar algo semejante. Delirio.

Qué grosso es Spotify. Increíble.

De repente estoy CONTENTA.

Así que voy a dejar acá. Y retomo ya instalada. Parece que va a llover. Pero nada me importa.

Porque: vacaciones.




lunes, 19 de agosto de 2013

Estoy tan cansada de estar triste. ¿Existirá una vida mejor? Es un pensamiento que no me suelta, ronda, se queda, se va. El miedo. Siempre. El factor común: máximo común denominador.
Hoy ni siquiera hice gym. Ni ayer. Llevé a Camilo a su orientation day, me quejé por el mal inglés de su maestra. Vergonzoso. Se supone que van a ese colegio por el nivel del idioma. Un beishon.

La abuela cumple 102. El kinder sigue en NY, mi hermich en Suiza. La soledad es la de siempre también. Aunque ni siquiera tenga ganas de llorar.

No, no me sale. Perdí la práctica. Ya no soy lo que era. La exposición de la miseria no se me da más.

Una pena. Era tan liberador.

Así las cosas...

domingo, 7 de julio de 2013

interlocutores múltiples


cogemos otra vez
con la luz de la mañana
y los ruidos de la casa
decís "putita"
preguntás "¿te gusta?"
insistís
palmeás con tirria
mordés
te apropiás 
de un cuerpo usado
buscás una aprobación insulsa
no soy capaz de más
  
¿existe otra realidad? 
los humanos inventamos el hubiera para sufrir

leo una breve crónica de amor

tierna

mis amores fueron imposibles
excepto este
miento: fueron irreales.
pero como con las vacunas, estoy inmunizada

nah, cualquiera
 
me rompieron el corazón
mucho más que el culo

¿y vos?
¿en qué andás?
¿a quién querés?
¿seguís haciendo las cosas mal?


en el espejo me miro de reojo

"qué bien que estás"
"te mejoraron las tetas"
como si no me vieras
todos los días
como si descubrieras
satisfecho
que el tiempo se puede ralentar
no te desmiento
ya lo sabés

quisiera ser hermosa
lo demás es supernumerario

aquellos
que se quedaron
con un cacho de mí
sepan que los quiero
el gen del odio no me vino
el de la envidia tampoco
los celos a veces sí


viernes, 17 de mayo de 2013

El silencio necesario. Por nada. Porque sí. Porque hay poco para decir.

Hoy se murió el hijo de puta de Videla. Ojalá esta muerte pacifique ciertos espíritus. Aunque no sé por qué habría de hacerlo. Que se pudra en el infierno.

Paso un viernes casero, aburrido, solitario. Un viernes más. Un viernes menos.

El silencio es necesario. A veces. La vida no me da motivos de queja. Así que no me quejaré. Que todo siga su curso.

Voy a checar mi mermelada de ciruelas.

Seamos felices todo lo que podamos.

jueves, 9 de mayo de 2013

Mañana es el día de las madres en México. Un día demasiado festejado para mí. Demasiada exaltación de una figura que siempre es mucho más compleja de la que los discursos oficiales quieren imponer.  Y para mi concepción de la maternidad, supongo.

Pero ¿qué es la maternidad? Hay tantas respuestas como madres en el mundo, de eso estoy segura. En lo personal, a veces siento que fue el error más grande de mi vida y otras miro a mis hijos y tengo una sensación de plenitud y entrega inefables. La maternidad, para mí es, entonces, un cúmulo de contradicciones, sentimientos encontrados y contrapuestos que conviven o se concatenan en cuestión de segundos.

Es posible que yo no hubiera tenido hijos de no haber sido por accidente. O sí. Como no llegué a la edad en la que la mayoría de las mujeres se lo plantea no tengo una respuesta. Solo sé que hasta los veintidós estaba segura de no querer reproducirme. Y ahora tengo tres vástagos. Efectivamente las cosas cambian. Además, dos veces quedé embarazada sin buscarlo y no tengo ningún aborto en mi haber. Así que parece que algo me copa. A mi pesar.

Estoy convencida de que hay que luchar para que la maternidad no sea un imperativo categórico. El tener hijos debe ser una elección. Pocas cosas me indignan más que las mujeres (que no viven en situaciones económicas precarias) que sienten que "resignaron" cosas por reproducirse. La maternidad es un sacerdocio pero, al igual que el sacedorcio, es una elección. Así que los pibitos no tienen la culpa de nada. Si no te copan, usá forro. O tomá pastillas. O atate las trompas. Y si los tuviste, ponele onda.

Ahora: para que esto funcione (lo de la elección) habría que 1. eliminar las religiones que estipulan que el sexo solo es válido para la concepción 2. hacer campañas para que todas las mujeres sepan cómo cuidarse y tengan con qué 3. legalizar el aborto de una vez por todas.

A mi pesar soy una madre dura y fría. A veces lucho contra mi naturaleza. A veces me olvido y me dejo ser. Yo no sé si el instinto materno existe o no pero lo que sí sé es que daría mi vida por cualquiera de mis tres hijos. Creo que el amor materno, al final, es eso. Para mí.

Feliz día, madres do mundo.

jueves, 25 de abril de 2013

Uno de los problemas que encuentro para escribir es que nunca terminé de romperme. Es decir, soy astillada, a veces quebrada, pero nunca rota. Jamás traspasé el principio de realidad, jamás me caí del todo a pesar de las múltiples fantasías a lo largo de los años. El deber ser prima por sobre todas las cosas. La responsabilidad, la sensación de que nunca se abandona. Nada.

Supongo que lo que digo se llama salud mental. Si no es completa es bastante acabada, funcional. Es lo que se espera de todos. Es lo que espero de mí. A veces, a mi pesar. Porque soltar tal vez sea más fácil. Pero en mi concepción de "la vida" parece imposible.

Escribir, en este contexto, y para mí, entonces, se vuelve complejo. Tal vez me equivoque y lo único que pasa es que carezco de aquello que algunos llaman "talento". La ficción, atada a la fantasía, se escurre entre mis manos como arena seca. Para los escritores el material pareciera ser arena húmeda, aquella que sirve para hacer castillos o, al menos, pelotas dedondas con superficies suaves.

De todas maneras, vivo encerrada en mi cabeza, sola y asilada, con pequeños contactos esporádicos con el afuera. La literatura es para mí, como para muchos, eso: evasión. La posibilidad de vivir otras vidas, pensar otros mundos, experimentar otras realidades. Lo imposible se vuelve posible a partir del lenguaje. Magia.

Este hueco, esta imposibilidad, no necesariamente me aflije. Solo a veces, muy de vez en vez, me apena. Dichosos aquellos que pueden inventar vidas y locus. A mí no me sale.

Mi libro amado se está terminando. El fin de un libro hermoso también se vuelve ausencia. En mi vida, de repente, parece que las ausencias se multiplican.

Pero no es  grave.

Es, una vez más, la vida.