martes, 30 de octubre de 2012

¿Podemos escapar de la soledad estructural? Descreo de todo últimamente. Aunque haya decidido militar en su contra, aunque haya tomado el camino contrario, como si la fuerza opuesta lograra mitigarla. Las ficciones son la realidad. Al final, las creamos para sobrevivir (nos), para subsistir sin enloquecer. Concibo animales evolucionados, imaginando entes superiores de todo tipo. Enternecedor. Mientras, la armonía como subtexto, la posibilidad de un continuum que parecía interrumpirse pero no, también sobrevivió. Vivo este paréntesis con tranquilidad, sin sobresaltos, sin grandes emociones ni particular entretenimiento. Pasan los días, unos detrás de los otros, parecidos, nunca iguales, abandonada al devenir.
El dolor volvió, sordo, quedo, constante. Sin quejas, persisto en la indiferencia. No ganarás. Nunca. Siempre seré más fuerte. Como si fuera eterna, en los detalles de la cotideaneidad, centro la atención en lo nimio. ¿Qué más?
El este amenazado por aguas que fluyen de todos lados. La inundación también es simbólica. Aunque me cueste conectar con los desastres naturales. Eso, que es la única verdad, la realidad, tantas veces me excede. Vivo encerrada en mis pequeñas ficciones, inmune, emburbujada, sin que el agua me alcance.
Son épocas.

viernes, 26 de octubre de 2012

Escribí tres post y no los publiqué. Es que todo suena mal y rimbombante y me da vergüenza.
Ya veremos.

jueves, 18 de octubre de 2012

Los temas parecieran concatenarse, muchas veces, más allá de la voluntad. Ayer, en la cena de chicas, hablamos de los codos salidos de diversas hijas. Por mi parte, conté que de chica me pasó dos veces y que es muy doloroso que te lo coloquen. Creo que está relacionado con que tengo los ligamentos flojos aunque ya ni sé quién tiró ese diagnóstico ni cuándo. Presumo que alguna de las muchas veces que me esguincé los tobillos o los dedos. Pero esta suerte de condición hace que sea una persona increíblemente flexible. Bastante más que la media.
Hoy llegué al club justo para hacer una clase de yoga después de cuatro años y, una vez más, quedó en evidencia la facilidad que tengo para posturas que parecen imposibles para los humanos. Y ese es uno de los motivos que me mantuvieron alejada de la disciplina: el miedo a una lesión por no estar bien supervisada. Después de la clase me metí al sauna a lavarme el pelo, el primer paso de mi nueva rutina, y allí me encontré a la señora que, antes de empezar la clase, me había recomendado buscar un tatami que hay en el vestuario para no lastimarme con las colchonetas. "¡Qué maravilla, qué bárbara, qué flexibilidad tienes!" exclamó mientras una excesiva cantidad de espuma le escurría por la espalda. "Gracias", dije desnuda, un poco mareada por la humedad, lavándome también la cabeza. Siguió diciéndome que debía ser una persona de mente también muy flexible porque al parecer hay una correlación entre la condición física y la mental. Contesté que no lo sabía y evité contarle que era la primera vez que lograba hacer una clase entera, concentrada, y que en la relajación había podido sentir que sí, que el piso me sostenía a mí -tal la consigna del profesor- y no yo al piso. Justo tenía una sensación de bienestar supremo que no conozco demasiado bien. En cambio la saludé con amabilidad y fui al sauna.
El profesor, durante la clase, habló dos veces sobre "pensamiento positivo" algo que me es ajeno por completo. ¿Qué es el pensamiento positivo? Lo negativo es parte esencial del todo. Y querer negar partes esenciales es de por sí imposible además de ingenuo. Más allá de estos detalles, que fueron nada más que eso: detalles, la clase me vino espectacular. De repente pareciera que la armonía es posible, abrazando los elementos negativos del sistema, arrullándolos, asumiéndolos y otros etcéteras. A ver cuánto dura.
Namasté.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Cada vez que me meto al agua pienso que no voy a aguantar la temperatura, demasiado fría para mí, pero después de unos segundos venzo el malestar inicial y me lanzo a nadar pecho. A la mitad del primer largo ya me acostumbré y a medida que pasan los minutos se vuelve cada vez más agradable.  Es extraño nadar, tiene algo de antinatural. ¿Por qué los humanos tenemos que aprender a nadar y no lo hacemos por instinto? O, al revés, ¿cómo es posible que los humanos nademos? Desplazarse por el agua es una sensación que no se compara a ninguna otra. Hundidos, tenemos que vencer la resistencia de la materia que, a la vez, resulta grata. De todas maneras, la forma en que se arruga la piel denota algo, pienso, un no estar preparados como especie para pasar mucho tiempo en ese medio. Intenté averiguar si los monos saben nadar pero Internet no me dio una respuesta cien por ciento satisfactoria: parece que algunos pocos sí y la mayoría no. Los gorilas parece que definitivamente no saben nadar y, es más, le temen al agua. Sin llegar a ninguna conclusión, dejo todo para mirar unas pelis.
El desempleo puede ser feliz. Mucho más de lo que jamás imaginé.

martes, 16 de octubre de 2012

Suena alguna canción pop igual a muchas otras canciones pop desde el cuarto de Simón. La pubertad trajo consigo la radio a la noche y algunas otras cosas más. La ironía, por ejemplo. Antes ya la manejaba pero de a poco va volviéndose más sofisticada. Y un dejo de desprecio, también. Hoy me preguntó si sabía lo que son fideos al burro. Mi hijo de diez años y nueve meses creyó posible que yo no supiera eso. ¿Cómo pretendo entonces que el mundo no me subestime?
El día se escurrió, sin ejercicio físico y sin vida social. Recién a las nueve y media de la mañana dejé la cama. Antes, temprano, había despachado a mis hijos mayores y les había hecho café a mi marido y a mi hermano para después volver a caer rendida. Entonces, con la conciencia de que era tarde porque a las doce tenía un conference, y después de desayunar tostadas con café con leche, me tiré sin cambiarme a trabajar en el sillón. Es una pena que no pueda ganarme la vida escribiendo sobre cosas que me interesan. Escribir acarrea mucho sufrimiento pero hay sufrimientos mucho peores, lo sabemos. Entre una cosa y otra se pasó la mañana y también el mediodía, y recién a las tres menos veinte de la tarde logré irme a bañar. Y de ahí salí con Camilo a buscar a los chicos a la escuela. Llegamos rápido a lo de la psicóloga y mientras Milo charlaba con Mary, jugaba con algún juguete y tomaba unos sorbos de té de limón, yo retomaba la lectura de una biografía con fotos de Freud que había empezado hacia un par de semanas. Leí varias cosas relativas a la vida de Freud a lo largo de los años pero con mi marcada tendencia al olvido nada me resulta del todo reiterativo. Fue la última sesión, María les dio el alta y dejó, como buena sistémica, la puerta abierta para que vuelvan cuando lo necesiten. Los cambios fueron rápidos e impresionantes, pasamos de una relación infernal a una que no solo es normal sino que roza lo agradable. De todas maneras, los retos parentales de Simón hacia Roberta no menguan. Veo mi reflejo en su acción. Aunque creo que hasta yo, con lo dura que soy, era más afable con mi hermano menor.
Uh, ahora suena Roxette. Necesitaría con urgencia que alguien viniera a educarlo musicalmente. Aunque tampoco es tan grave. Este mismo tema yo lo escuchaba a los trece, a los diez no sé si había siquiera llegado a los Beatles. En el coche me habían hecho escuchar a Fito Paéz. Al menos tenemos la certeza de que es muy poco probable que nos salgan hipsters.
A pesar de haber vuelto a pensar en formato post, todo el tiempo olvido lo que tenía para decir. Son las nueve y cinco de la noche y no sé a qué hora llegará D. Por las dudas, ya cené.
La vida es esto y nada más que esto. A veces me consuela el saberlo.

lunes, 15 de octubre de 2012

Los caminos de la vida,
no son los que yo esperaba,
no son los que yo creia,
no son los que imaginaba 



La temperatura es casi ideal, el cielo está límpido, la luz no parece otoñal. Sobre la mesa del comedor están los dos cuadros que trajo D de Buenos Aires, finalmente. Está bueno por fin poder tenerlo colgados, aunque falta que los lleve a enmarcar. Acabo de terminar de comer con los chicos, los dejé haciendo la tarea mientras todos tararéabamos la canción de Vicentico. Simón la sabe porque la cantaron con León y Benita en alguna visita a su casa. A veces me da tanta pena estar lejos. 
Madre se fue el sábado a la tarde, yo no estaba en casa porque tuve curso. Creo que se fue triste porque la distancia claro que es cruel. Aunque sea lo que hay. ¿El camino de la vida de quién será el que pensaba? Supongo que el de ninguno. El mío seguro que no. El viernes a la noche fuimos a la casa del papá de Martu porque estaba invitado un músico cubano, José María Vitier, que hizo la música de películas como Fresa y chocolate, aunque yo jamás lo había escuchado nombrar. El señor toca muy bien el piano y la noche estuvo regada por vino rico que yo no probé. Además de mi habitual abstinencia etílica, manejar y beber es una muy mala idea en mi caso. La cuestión es que mientras charlábamos con Teo, Mer y Martu, madre recordó cómo yo decía que no iba a casarme ni a tener hijos hasta los veintitrés años. Y lo decía con convicción. 
Ahora tengo que bajar a ver cómo va Roberta con sus cosas, se desconcentra con una facilidad pasmosa que puede ser tremendamente irritante. Desde hace un tiempo, le digo las cosas de muy buen modo las ciento cincuenta veces que hay que decírselas. Intento la paciencia perderla solo por dentro. Simón, en cambio, se saca todo nueve y diez y hace la tarea sin que tenga que estarle encima. Los hijos son, definitivamente, todos distintos. Ni mejores ni peores: distintos. Pero arriba de la máquina aeróbica en la que hice cuarenta y cinco minutos (ayer había hecho cuarenta) pensé que la familia es lo único que me salvó. Es en serio. Y es cierto. Soy esencialmente una depresiva funcional, que necesita sentirse querida y necesitada. Lo paradójico es que a pesar de querer que todos me quieran, no estoy dispuesta a hacer nada especial para caer bien. En realidad pienso que debería caerle bien a todo el mundo por default, porque intento ser buena persona, amable y preocupada pero la empiría me dice que sucede, por algún motivo extraño, todo lo contrario. Lo lamento mucho y a veces me hace sufrir. Otras, cuando estoy menos lábil, no lo pienso. 
Lo que sí es cierto es que la familia me salvó: el vacío por el sinsentido de la vida se va achicando hasta desaparecer, lo concreto gana terreno, lo único que importa es lo real e inmediato. Con lo bueno y con lo malo, claro. Roberta, por ejemplo, vino con su libro al lado mío a que le diga cómo tiene que ordenar unas letras mientras yo debería trabajar pero escribo. Y después de dejar a Simón en tenis voy a bajar a la Roma, a la casa de Domi, para resolver unas cuantas cosas, como el enmarcar los cuadros. 
Es bueno saber por qué uno está donde está, aunque el camino no lo hayas imaginado, ni pensado ni trazado. En mi caso puedo decir que la mayoría de las sorpresas fue para bien.

martes, 9 de octubre de 2012

Crónica de un viaje a New York, parte 5 (final)

Estamos con madre en el lounge de Korean Airlines que es espacioso y cómodo aunque la comida deja mucho que desear: hay solo galletas, unos paquetitos de queso muy difíciles de abrir, gaseosas, cacahuates, unas galletas Oreo y alguna otra porquería semejante. Madre se tomó dos copitas de vino y de postre le entró a las Oreo, no puedo entender cómo le gustan pero le gustan. Vinimos a este lounge gracias al Priority Pass de madre que tiene por Amex, como ellos no tienen su propio lounge te derivan a otro. Hay camas y duchas pero no las probé, todo me da mucha fiaca. Lo único que importa es internet. Es increíble cómo me empezaron a doler las manos ahora que se acerca la vuelta a casa. D está en Buenos Aires.
A la mañana terminamos de hacer el equipaje, fuimos a desayunar una vez más a Midtown, en donde me despedí de mis dos amigos mexicanos (uno era de Puebla y el otro de Guerrero, me enteré hoy, y vive acá hace seis años, cree que en dos más volverá para siempre) y anduvimos por la zona de compras, una vez más. El last minute shopping nos funcionó de maravillas, es increíble lo bien que le hace la presión al consumo. En DKNY estaba Adriana, la vendedora con la que charlamos el sábado, ni bien salios del hotel y a la que le dijimos que regresaríamos. "Oh, you came back, everybody says that but never do it" dijo, o algo parecido. Mientras madre se probaba una camisa de seda natural, Adriana me contó que vive en Queens (mi amigo mexicano también vive ahí) al igual que su familia y la familia de su novio, que es Armenio y que llegó a US a los once años. También me enteré de que quiere viajar y que le encantaría conocer México. La despedí hasta la "next time" y cuando salimos madre dijo "nadie se olvida de vos" cosa que es bastante cierta porque hay días en los que le hablo hasta a las piedras. Otros, por el contrario, estoy callada y reconcentrada, aunque parezca difícil de imaginar.
De DKNY fuimos otra vez al hotel, cerramos las valijas, las bajamos y nos tomamos un café en el Starbucks de Lexington, frente a la Sinagoga Central. Debiera haber algún cartel que dijera que todos los productos son kosher, pero no lo hay.  Para los chicos casi no conseguimos ropa, solo mucho abrigo en Uniqlo. Creo que NY podría ser una de las ciudades en las que me gustaría haber vivido, es una pena que ya es tarde para todo, que ya no soy joven y que no puedo volver el tiempo atrás para pasarme un tiempo sin mayores responsabilidades. En una hora tenemos que embarcar. El tiempo, cuando tenés wifi, pasa volando. Y acá parece no rendir. Tengo una novela para leer en el avión. Mañana vuelve todo a la normalidad, anque el despertador sonando a las seis y veinte de la mañana.
Ahora sí: esto se terminó. Ojalá se repita.
Bye bye NY.