jueves, 6 de marzo de 2014

¿Me copiás? Hola, hola. Acá estoy, retomando este hábito arcaico, demodé, inútil.

¿Quién lee todavía? Yo me aburro en los primeros párrafos de casi todas las notas. Y eso que creo que aún pertenezco a un sector que tiene cierta paciencia. Cierta. Corta. Poca. Restringida. Pero aún existente.

Es culpa de tuiter.

O de todo.

De todos.

Mi vida está en la bajada de la montaña rusa. Caída libre. Aburrida y turbulenta. He sido más feliz. En algún momento. Creo.

Vivir en México ya no da hace demasiado. Y nada parecería ir a cambiar próximamente. Acabo de volver de cinco días tranquilos en Buenos Aires, esa ciudad maldita y hermosa por igual. El ciruelo se pela, se llena de flores, después de hojas, después de frutos y vuelta a pelarse. Es el paso del tiempo tan implacable.

jueves, 21 de noviembre de 2013

¿Cómo puede ser que nos hayamos acostumbrado a aberraciones tales como que mastodontes metálicos nos lleven por encima de las nubes o que pequeños artefactos eternicen nuestra imagen digital o analógicamente y tantas otras cosas? ¿Cómo somos capaces de naturalizar lo que es contra natura y desnaturalizar, por ejemplo, la poligamia y la violencia, entre muchas otras características intrínsecas al humano como mamífero? Presumo que es la cultura, el estar atravesados por algo que ya no podemos siquiera discernir. En lo personal muchas veces me siento bastante cerca de la mujer de la caverna, que espera ansiosa al macho que viene de cazar, con el fuego prendido y los niños alrededor. Podría molestarme pero no. Ya no.

Los aviones suelen serme indiferentes, solo un medio incómodo al que llegar a destino. Si viajara en primera tal vez me sería más placentero pero no es el caso. Lo que sí adquirí es un poco de miedo en las turbulencias. Por algún motivo que desconozco, los aviones a los que me subo últimamente se mueven más de lo que me gustaría. Leí completa la Gatopardo en papel, cosa que no hago jamás, ojeé un diario y hablé con mi marido. Pasó rápido.

Las Vegas es un verdadero lugar de mentira. Anclado en el medio del desierto, construida ex profeso para que los adultos tuvieran una ciudad entera para recrearse sin culpa, cumple su propósito a rajatable.   El Excalibur, por ejemplo, es como un castillo medieval para chicos, el Luxor es una pirámide egipcia, el Venetia tiene canales y así. El Disney de los grandes.

El Mandalay Bay es, como todos, un hotel casino.Los ascensores están en el medio de la noche eterna, rodeados de una luz rojiza, ruido y música y gente atrapada frente a maquinitas que solo le va a generar problemas. Chupan, fuman, se olvidan del tiempo y el tiempo se olvida de ellos. El mito de que lanzan oxígeno tiene que ser cierto: en Las Vegas te sentís más despierto que nunca sin necesidad de consumir ninguna droga dura.

Hice la cola para el check in mientras D buscaba las entradas para la cena y la premiación de hoy a la noche. El hotel es enorme y tiene adosado otro hotel que, muy redundantemente, se llama The Hotel. Ahí, al menos, el lobby no se fusiona con el casino. Nos tocó el piso 31 y para poder acceder a los ascensores tenés que mostrar tu "llave", ahora una tarjeta que tenés que mantener lejos del celular y las tarjetas de crédito para que no se desmagnetice. Las habitaciones son todas iguales, cómodas y de bastante buen gusto para la locación. Dejamos el equipaje, usamos un rato nuestras computadoras y salimos hacia un shopping. Estados Unidos de América te empuja a consumir, tengas o no la tendencia. Es un efecto que solo se da acá. Compramos lo que pudimos porque el consumo es ajeno a nuestra naturaleza, comimos unas ensaladas horribles ahí mismo y volvimos para producirnos porque a las siete teníamos que estar en el cocktail precena.

Todos los años, los Grammy Latinos eligen a Person of the year. Hace dos años vinimos y era Shakira, este año Miguel Bosé: diversos artistas latinos hacen versiones de las canciones del homenajeado. Retoqué las uñas de los pies, me puse el vestido largo animal print, me maquillé y salimos. Por suerte fue todo rápido y leve. Después de que atravesáramos la cola de las acreditaciones, una de las organización me confundió con la Mala Rodriguez. Cuando le dije que no se disculpó cincuenta veces, muy gringo style. Hubiera querido decirle que su error me causaba mucha ternura pero no lo hice.

Ya en el cocktail no sufrí: mi outfit estaba muy a tono, encontramos grupito de pertenencia, tomé unos tragos del gin tonic que la bartender preparó con cariño nulo y, sin que me diera cuenta, subieron los telones para que entráramos al salón. Nuestra mesa, la once, estaba en la misma fila que la de Miguel pero en una punta. En el 2011 estábamos atrás de todo así que esto fue un verdadero upgrade. Cuando llegamos ya estaban sentados dos señores. Uno nominado (se identifican porque llevan su medalla colgando, todos muy orgullosos) y su padre. D les habló un poco mientras yo, haciéndole honor a la época, me sumergía en mi teléfono. Cuando él se levantó para saludar gente, yo comí muchos panes y escapé a fumar. Un mesero, muy amable, me dijo en secreto que pasara por la cocina y preguntara por la terraza para los empleados. Así hice. Todos fueron muy simpáticos.

El primer plato era un ceviche extraño, el segundo un lomo, y el postre constaba de tres cosas distintas que casi no perdoné. La gente bien no come tanto. Yo sí. Entretanto se sentó al lado mío un gringo pelado con una barba canosa larga a quien me disponía a ignorar también pero insistió con una simpatía inusitada en saber quién éramos y qué hacíamos. De lo más simpático, era manager del señor que venía con él, un cantante de latin jazz al parecer bastante conocido. Charlamos hasta que empezó el show. Los artistas latinos suelen despertarme interés nulo excepto pero conozco a muchos por cuestiones laborales de mi cónyuge. El highlight de ayer fue sin duda Ricky Martin, cantando Bambú con una onda que se caíga, carisma y buena onda. Le amé. Después divertido pero nada para destacar, excepto las dos canciones que cantó el propio Miguel Bosé al final, una reina.

La noche siguió un rato más, con ropa más cómoda e informal, en el Hard Rock viendo un show que se llama The producer. Saliendo del hotel ya no hay oxígeno y después de veintidós horas ininterrumpidas de actividad, el cansancio se nos cayó encima como un yunque.

Tengo que vestirme ya mismo porque la ceremonia de premiación de la categoría de D es a la una y media. La ceremonia televisada parece que empieza a las cinco. Volver a ponerme tacos de por sí me parece mala idea, con este clima lluvioso y de neblina todo empeora. Pero no hay opción: a volver a producirse y salir a la cancha. Al fin y al cabo es solo una vez al año.


miércoles, 20 de noviembre de 2013

Los viajes empiezan cuando salís de tu casa. Ni antes ni después. Cuando viajás poco o sos chico, la emoción de dejar tu hogar y empezar el trayecto te toma la panza. Cuando viajás más o menos seguido, el ritual de todo lo que implique avión te parece una pesadilla. Acá estoy, en el lounge de Aeroméxico que es levemente mejor que el de Amex aunque la comida deja muchísimo que desear: solo granola, unos panes dulces, fruta, yogur, jugo, café y tés. Eso sí: cervezas de todo tipo y gaseosas bien frías. También vino. El paraíso de un alcohólico.

Son las ocho y cuarto de la mañana. Salí sin bañarme porque el pelo mojado tan temprano es un peligro. En este momento D medita en el sillón de enfrente mío. Acabo de terminar el último trago de mi segundo café con leche. Ahora hay más gente. Como no son vacaciones no hay niños, el flagelo de cualquier viajero. En general me cruzo con hombres que viajan por trabajo. Sobre todo si es domingo a la tarde: casi todos. Los ves con sus computadoras o leyendo el diario, hablando con las esposas, mirando alrededor sin mirar. Cuando estoy sola los observo, armo historias. El Platino de Amex de Buenos Aires es ideal para eso porque es chico, apretado y con luz natural. De todas maneras parece que lo están refaccionando. En este, grande, sin ventanas y con luces tirando al amarillo, la disposición no ayuda. Además, estoy con D que, aunque no me hable, está y no es lo mismo.

Viajar solo de toda soledad es otra historia. Es como un desafío. Lo hago un par de veces al año y lo disfruto enormemente. La vuelta de este viaje será sola porque D se va directo a Río. Siempre fui la que elegía el asiento sola en los viajes familiares, la que se ponía el walkman o discman según la época, la que prefiere no hablar aunque parezca lo contrario. Cuando subo al avión me abstraigo. Duermo o escucho música y nada me importa. Ni siquiera miro al que tengo al lado.

El vuelo sale a las nueve y media. En unos minutos vamos a tener que ir yendo. Jamás entro a un freeshop, no entiendo bien qué compra la gente ahí porque no consumo ni perfumes ni maquillajes y llevar bolsas sueltas en el avión me deprime. De todas maneras, mi carry on es lo más ridículo y decadente que hay en el mercado. Debo deprimir a más de uno.

En fin.
Las Vegas, allá vamos.


sábado, 26 de octubre de 2013

Desayunamos copiosamente. Escuchamos el nuevo de Arcade Fire. Estamos los cinco + el kinder. El ruido un poco me altera. Otro poco me da vida. A veces siento que todo esto es contrario a mi naturaleza. Otras sé que me salvó de la locura. De caerme del tren. Para siempre. Pero quién sabe.

Hace frío, D está por cortarle el pelo a los varones afuera, con la maquinita. Nunca quedan del todo bien. Tampoco del todo mal. Sábado de fiaca. Sigo en pijama aunque ya son más de las 12.15pm.

Soy el epítome de la madre suburbana. Y ya no me importa. El suburbio es un no lugar, carece de personalidad, no tiene magia ni densidad. En Buenos Aires me muevo como una extranjera (provinciana) y en el DF tampoco soy local. Ser de ningún lado. Ser de mi casa (hermosa, acogedora). Ser siendo. Ser en el puro presente, ojalá.

El amor es tan volátil, múltiple, soberano.

El sexo es tan central, necesario, primigenio.

Todas construcciones. Qué importa.

En mi cabeza todos los yo. Todos los vos. Y los retazos que arman una historia. Nunca sabés si una más entre todas o una central.

El corte de Arcade Fire me gusta. Aunque es ruidoso. Quisiera escribir historias de alguien más. Centrarme en los detalles. Pero yo veo la vida blureada.

Ni modo.

miércoles, 23 de octubre de 2013

El frío me tomó de sorpresa. Más que el regreso de la lluvia. La temperatura baja más la el gris huracán convierten al día en una cuesta empinadísima. En el sillón de mi estudio, helado, fotos de los chicos cuando eran bebés desperdigadas, salidas de una caja deforme. Las veo, sorprendida, y las ganas de hacer rewind me invaden con la misma fuerza con la que el amor te coopta la panza, con ese dolor tan joven, punzante, acogedor. Sufriente. Porque lo que pasa no vuelve. Esa verdad de perogrullo que olvidamos para sobrevivir.

Salí temprano, después fui por tercera vez a un supermercado en tres días. Perdí el boleto del estacionamiento y lograr sacar el coche fue una odisea indeseable. Como todas las odiseas. Y la nostalgia en todos lados. Y aunque sé que es un poco el frío también es un poco la soledad -D está en la ciudad pero su presencia sabemos cuán escasa es, siempre-, otro poco que se acerca mi cumpleaños, otro poco la vida. Que es así para alguien como yo. Con lo mucho/poco que eso significa.

Escribo con una campera puesta, gruesa y gris como el día, en este estudio desangelado. Escucho canciones tristes: como debe ser. Con ganas de mimos húmedos. Con ganas de ser hija. De un montón de cosas que acá quedan.

Hola blog: seguís teniendo tu encanto. Ojalá no te lea nadie.

martes, 22 de octubre de 2013

Soy como uno de esos caballitos de mar transparentes que se compran en la Costa Atlántica y cambian con el clima. Nunca tuve. En Pinamar puede que no hubiera. Llueve. Mucho. Hace rato. Sabía que iba a caer pero no tan rápido. Mind the gap. La felicidad, esa distancia entre las expectativas y la realidad, hoy parece esquiva. ¿Por qué? No sé. D que está nervioso y con poca onda. A un millón de años luz de forma permanente. Prefiero ni pensar. Entristece.

El día se divide en pequeños bloques entre una actividad y otra. Rinden todos y ninguno. Extraño la era en la que todo me parecía posible. Aunque era todavía más angustiada que ahora. Qué desperdicio. Esos años en los que todo tiene que estar bueno... yo sufriendo. Y bla bla bla.

Todo pasa. Siempre. Lo repito como un mantra. A veces. Porque es sabio.

lunes, 21 de octubre de 2013

¿Y este entusiasmo blogueril? Medio cualquier. Medio que está bien. Aunque los tópicos se repiten porque uno es uno, uno uno uno, siempre el mismo, siempre distinto, siempre igual.

Caigo. Desperté 6.20am, despaché pibes, volví a la cama, garché, me vestí, desayuné, hice 55 de aeróbico, sauna, baño, Polanco para junta, pasé por la oficina, hice salmón a la parrilla para kinder, D y yo, pasé a buscar a Milo, lo llevé a natación, lo dejé, recogí a Coco, lo llevé a tenis, fui a Costco, acabo de volver, lo busco a Coco, lo dejo acá y me voy a la Roma al taller. El sueño que me da escribirlo no tiene nombre. 

La falta de encanto de mi vida es total. Pero supongo que como todas las vidas. Mañana tendré que trabajar bastante, me dan pocas ganas. Quisiera hacer la plancha hasta enero. Encima: el clima. Un huracán arruina el sol. A pesar de esta contentez endémica, mi espíritu nunca tiene resto para la grisura. ¿Quién lo tiene? Aquellos afortunados a los cuales el clima no los afecta: dichosos ellos. A mí sí. Mucho. Me condiciona y/o me determina. 

Me voy. 

¿Cuánto durará?